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Emergencias. Salva vidas. Cada segundo cuenta

Buscando refugio - Camino - La ruta más mortífera del mundo

CAMINO

SERBIA | ITALIA | GRECIA

Texto: Laura Hurtado · Fotos: Pablo Tosco

Idrissa, Peter y Jamal son supervivientes. Y lo saben. Ellos han conseguido llegar a Europa, pero atrás han dejado a muchos que aspiraban a hacer lo mismo. “Yo he tenido suerte”, resume Peter que ha visto morir a demasiadas personas. “Pasé las mismas penurias. Pero ellos perecieron y yo no”, concluye. Tal vez por todo ello, los tres sufren insomnio.

UN VIAJE TRAUMÁTICO

Ninguno imaginaba que el viaje sería tan difícil. Aún menos que se cobraría tantas vidas. Se habla mucho de las muertes en el Mediterráneo. Al menos 3.000 muertos en los primeros seis meses de 2016, la cifra más alta jamás alcanzada en este periodo, según la OIM. Pero apenas hay cifras sobre la gente que fallece en las cárceles de Libia. O intentando cruzar el Sahara. Son los agujeros negros de esta ruta migratoria, que nace en África y termina en las costas italianas. Dicen que es la ruta más mortífera del planeta, cada vez más controlada por traficantes de personas, que se benefician de la desesperación ajena en cada uno de sus tramos.

El punto de partida, el momento en el que decidieron emprender el viaje, ya es de por sí doloroso. Peter, nigeriano de 21 años, era feliz en su país, pero tuvo que huir amenazado por el grupo terrorista Boko Haram. Jamal, de 23 años, tampoco tuvo otra opción que dejar a su mujer y sus tres hijos en Somalia porque las milicias de Al Saabab le querían matar (tiene una enorme cicatriz que le recorre el estómago). Idrissa, de 25 años, escapó de la violencia que se desató en Guinea Conakry tras las elecciones de 2010. Luego ya no pudo volver; el ebola había eliminado cualquier opción de futuro. Los tres se fueron de noche y sin decir adiós. Como ellos, otros tantos empujados por la violencia, la persecución, pero también el hambre o la falta de oportunidades.

CRUZAR EL DESIERTO

Para llegar a Europa, Libia es paso obligado. Y para llegar allí es imprescindible cruzar el desierto. Las mafias se encargan de organizar esta travesía que nace en Agadez, en el centro de Níger, la antigua puerta del Sahara. Furgonetas 4x4 salen todas las noches cargando entre 20 y 40 personas, apiladas en la parte de atrás, sin nada que les proteja del sol o de las tormentas de arena. A más de 50ºC de día y -5ºC de noche. Sin parar hasta llegar a destino. Peter confiesa que allí es donde pasó más miedo: “Nos perdimos. Estuvimos nueve días vagando por las dunas sin agua. Mucha gente murió”. Para subirse a estas furgonetas hay que pagar unos 200 euros. Hasta que no tienes esa cantidad de dinero tienes que esperar escondido en un “gueto”. Si te encuentran puede que te deporten. Níger tiene el mandato de controlar su frontera, aunque hay demasiada gente beneficiándose de este negocio.

“Mucha gente murió en el desierto. Tiraban los cadáveres y seguíamos la ruta” Peter


EL INFIERNO LIBIO

En Libia la vida es directamente imposible. Sumida en una guerra civil y el desgobierno total, las mafias que se lucran con la migración operan a sus anchas. No solo hay las que sacan tajada con las pateras que cruzan el Mediterráneo. También existen las que explotan a los que buscan trabajo. O las que se han especializado en la trata de mujeres y gestionan burdeles en las principales ciudades del país. “Había tiroteos constantes, tenías que ir cambiando de casa todo el tiempo. Además no podías alquilar una casa ni ganarte un sueldo digno porque te pagaban lo que querían”, sentencia Idrissa que, a pesar de todo, aguantó un año.

Además, hay bandas criminales, como los Asma Boys, que se dedican a secuestrar a los recién llegados y a pedir recompensa a sus familiares. Jamal permaneció dos meses encerrado en un sótano, comiendo un plato de arroz una vez al día y con palizas constantes. Organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado el uso de tortura y abusos de todo tipo en Libia, que provocan traumas físicos y psicológicos a sus víctimas.

“En Libia me secuestraron. Llamaban a mis padres y me pegaban para que me oyeran llorar” Idrissa


Para huir del “infierno libio” la única alternativa es embarcarse en una patera y cruzar el océano. “En Libia ya no podía quedarme más. Solo tenía dos opciones. Ir a Italia o volver a cruzar el desierto y regresar a casa. Pero en mi país existía el riesgo de que me mataran. Así que era una elección entre la vida o la muerte”, resume Peter que, a pesar del miedo que le daba el mar, finalmente se subió a un barco con destino a Italia.

EL MAR, LA PRUEBA DEFINITIVA

Para cruzar el Mediterráneo es necesario, una vez más, la mediación de las mafias. Eso significa pagar por un viaje sin ningún tipo de garantías. El número de personas que los traficantes pueden llegar a meter en un bote es macabro (800 fueron las que murieron en el triste naufragio de Lampedusa, del que se cumplió un año en abril de 2015). No suelen llevar chaleco salvavidas. Y muchos no han visto nunca el mar o no saben nadar. Solo con eso uno puede imaginarse el miedo que pasan. Jamal cuenta que en su embarcación iban 400 personas, 200 en cubierta y 200 en la bodega: “Estuvimos 3 días sentados en cuclillas, apilados, casi sin poder respirar. Fallecieron tres personas, dos mujeres embarazadas y un chico enfermo de malaria. Cuando nos rescató la marina italiana nos pusimos muy contentos”, explica Jamal.

EN ITALIA: LA INCERTIDUMBRE

Pero en Italia las cosas tampoco son fáciles. Ante el aumento de llegadas en Sicilia y el déficit de plazas, en febrero de 2016 se activaron los llamados “hotspots”. Avalados por la UE y puestos en marcha también en Grecia, estos centros nacieron para agilizar la tramitación de las solicitudes de asilo, pero de facto son como centros de detención donde la gente permanece en condiciones inseguras y de hacinamiento. Además, aplican un sistema de evaluación rápido que discrimina quién puede pedir asilo con dudosas garantías legales, según denuncian Oxfam entre otras ONG.

“En Italia tuvimos que vivir en la calle. Sin dinero y sin saber qué hacer” Jamal


Como resultado de este sistema, muchas personas reciben una orden de expulsión e indirectamente son obligadas a vivir en la calle sin ningún apoyo, vulnerables ante traficantes y explotadores. Fue el caso de Jamal que quedó literalmente abandonado a su suerte, a pesar de que su caso tuviera claros indicios de merecer asilo político. Por suerte, un asistente social de la unidad móvil que Oxfam tiene en Sicilia le ofreció ayuda. Antes, nadie le había dicho que tenía derecho a protección internacional.

Tramitar la petición de asilo tampoco es garantía de nada. La resolución puede llegar a tardar entre uno y dos años. Periodo durante el cual no tienen permiso para trabajar. La espera puede ser desesperante. Idrissa y Peter, que solo llegar a Sicilia fueron transferidos en bus al norte del país, comparten piso con otros migrantes en un pueblo idílico de la Toscana. Gracias al apoyo de organizaciones como Oxfam hacen clases de italiano y han recibido cursos de formación profesional. A veces hacen trabajo voluntario, como limpieza de jardines y parques, y juegan en una pequeña liga de futbol de la zona. Tienen esperanza, pero a veces se desaniman.

“Hemos sufrido mucho para llegar hasta aquí. Y lo hemos hecho porque no teníamos otra opción. He venido para progresar, espero que me dejen”, concluye Idrissa. De momento, él, como muchos de sus compañeros, sigue sin poder conciliar el sueño.

QUÉ HACE OXFAM

Oxfam Intermón da una acogida digna a personas migrantes como Idrissa, Peter y Jamal. En total, a 4.000 en Sicilia y cerca de 800 en la Toscana.

En Sicilia, ha puesto en marcha una unidad móvil que apoya a las personas migrantes que se quedan viviendo en la calle fuera del sistema de acogida italiano. Además, colabora con organizaciones locales que dan apoyo a personas vulnerables como menores o mujeres, ya sea con pisos de acogida, asesoramiento legal o psicológico.

En la Toscana, Oxfam trabaja desde 2011 con personas migrantes. Facilita acceso a pisos de acogida, ofrece apoyo material (ropa, vales por comida), legal y psicológico. Además, procura que realicen cursos de italiano para conseguir una mejor integración, así como formación profesional para que tengan más facilidades para encontrar trabajo