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Guatemala: de víctimas a lideresas

Olga, Sebastiana y Johana son tres de las 12.000 mujeres indígenas guatemaltecas formadas para sensibilizar e intervenir contra la violencia en sus comunidades. La mayoría no tienen un título universitario, muchas no saben leer ni escribir, pero ejercen como psicólogas, médicas y abogadas, supliendo las carencias de un Estado que no garantiza el derecho a una vida libre de violencia.
Texto: June Fernández Fotos: David Ecuador Etxea

Una lideresa en cada aldea 

La escuela de la aldea Toj Mech de San Martín de Sacatepéquez hoy está llena de mujeres de todas las edades. No estudian matemáticas ni idiomas: se están formando como lideresas de su comunidad. Llenar el aula  ha sido todo un logro. "Antes no había  participación, cuando convocábamos a las mujeres apenas venían cuatro o cinco", recuerda una de las facilitadoras de la reunión de hoy, Sabina López.

Estamos en uno de los cursos de formación a formadoras que dinamiza la Asociación Mujer Tejedora de Desarrollo (AMUTED). Una treintena de mujeres, entre ellas Sabina, se han formado con AMUTED y ahora replican en sus aldeas los conocimientos adquiridos sobre derechos de las mujeres. El tema de hoy es la participación política. Las tres facilitadoras, que apenas tienen 20 años de edad, explican en mam y en español qué es la democracia interna, cuál es la diferencia entre una cooperativa y un sindicato o entre una federación y un gremio.

Cuando termina la sesión, que incluye también dinámicas para sazonar la reunión con carcajadas, algunas se incorporan a otra reunión sobre la gestión del agua en la que los hombres siguen siendo mayoría. "Antes se excluía a las mujeres de los cocodes  (Consejos Comunitarios de Desarrollo);  ahora hemos logrado ejercer ese derecho", explica la joven.

Las que no entran a la reunión del agua se sientan en los muros del patio, toman atol de plátano y  charlan. "Uno de los objetivos es que ellas encuentren un espacio para relacionarse, que se habían ido perdiendo", agrega Edna Cali, técnica de AMUTED.

 

OLGA CANDELARIA QUIEJ
El valor de la identidad
"Mi nombre es Olga Candelaria Quiej y les mando un cordial saludo desde el municipio de Zunil, Quetzaltenango, tierra de Huitzitzil Tzunum". Las cámaras y micrófonos se apelotonan alrededor de esta joven maya, atraídos por el vibrante colorido de su huipil. ¿Quién le iba a decir que participaría en una rueda de prensa con el miedo que le daba hablar en público? Olga, de 22 años, es una de las tres lideresas guatemaltecas que ha viajado al País Vasco para presentar el documental 'Ruda: mujeres indígenas organizadas por una vida libre de violencia en Guatemala', en su caso en representación de AMUTED.
"Conocer mis derechos me dio fuerza", dice Olga Candela.

Empieza sus intervenciones hablando en quiché, consciente de que el empoderamiento parte de reconocer su identidad como mujer maya. Maestra de formación, enseña de forma voluntaria a las mujeres de su comunidad a leer y escribir en quiché y en español. Facilita réplicas sobre derechos de las mujeres y acompaña a las víctimas de  violencia y discriminación. 

Ella misma acudió a AMUTED porque ocupaba un cargo municipal pero se sentía ignorada y excluida: "Conocer mis derechos me dio una nueva respiración de vida".

 

Olga Candelaria Quiej

 

Sebastiana Aquino
SEBASTIANA AQUINO
La sabiduría de las ancianas
Cuando doña Sebastiana recibe a una mujer maltratada, lo primero que hace es prepararle una infusión con hoja de naranja o de limón y cuatro hojitas de ruda, para calmar su ansiedad. Como curandera maya, sabe que es el primer paso necesario para que la mujer pueda poner nombre a lo que está viviendo. Doña Sebastiana la escuchará, después hablará con el agresor (el esposo, por ejemplo), y si él no se compromete a dejar de ejercer violencia, la lideresa se volcará en conseguir justicia gratuita a la mujer. 

Ser lideresa en 12 comunidades de Chichicastenango resulta sanador para ella, sobreviviente de 22 años de maltrato por parte del hombre con el que su madre la obligó a casarse a los 12 años. "Ahora entiendo que Dios me dejó sufrir para que ahora yo pueda apoyar a mis compañeras". La vida le cambió cuando empezó a participar en  los procesos de capacitación de autoridades ancestrales (comadronas, curanderas, guías espirituales) que promueve la asociación Majawil Q'ij como forma de impulsar la prevención comunitaria de la violencia.

"Si me matan, que me maten. Dios me está viendo que yo no estoy haciendo nada malo, sino que yo estoy apoyando a mis compañeras", dice Sebastiana.


No es fácil ser lideresa. Sebastiana ha sido amenazada y difamada. "¿Vos quién te creés que sos, la Rigoberta Menchú", le dijo con desprecio un abogado, ante su lucha contra la impunidad. Doña Sebastiana estuvo a punto de ser linchada en su comunidad porque se opuso a que el Partido Patriota controlase su grupo de mujeres. Se la acusó de guerrillera, una vieja estrategia de desacreditación que evoca los tiempos del genocidio maya. "Si me matan, que me maten. Dios me está viendo que solo estoy apoyando a mis compañeras", sentencia.

Pero el trabajo tiene sus recompensas. La última, viajar a Europa como representante de Majawil Q'ij y recibir los aplausos del público cuando dice que hay que humanizar la respuesta a la violencia hacia las mujeres. Doña Sebastiana conoció el mar en Ondarroa, un pueblo pesquero de Bizkaia. A Chichi se llevó dos tesoros como pruebas: una botellita llena de agua de mar y una pelota de arena escondida en su delantal.

Johana Ramírez

JOHANA RAMÍREZ

El peligro de salvar vidas
La angustia se adivina en seguida en el rostro tenso de Johana. Tiene motivos para estar afligida. En el barrio la señalan como la colaboradora de la policía en la desarticulación de bandas de crimen organizado que extorsionaba a las maestras bajo amenaza de violarlas. Johana Ramírez, como tantas otras defensoras de derechos humanos, vive una paradoja: salvar vidas pone la suya en riesgo

Lideresa en el municipio de Cuilapa, departamento de Santa Rosa, cuenta con la barbilla bien alta que es sobreviviente de violencia, que fue víctima de trata por parte de su  propia madre, una campesina muy pobre. Johana pudo sobreponerse a una biografía tan devastadora cuando entró en contacto con el Centro de Investigación, Capacitación y Apoyo a la Mujer (CICAM) donde descubrió su vocación de orientar a las mujeres que habían sufrido violencia sobre sus derechos y acompañarlas en el proceso de denuncia. Se reconcilió también con su identidad: es de las pocas lideresas de Santa Rosa que se nombra como mujer indígena xinca.

"Soy Johana Ramírez y vengo a capacitarles", dice Johana.

CICAM promueve que lideresas sobrevivientes de violencia participen en la Red de Derivación del Ministerio Público, que integra a diferentes instituciones que se encargan de la atención a mujeres en situación de violencia en el ámbito de la salud, la justicia y la seguridad. Johana expone los casos de su comunidad con una implicación emocional y un compromiso que dista de la actitud funcionarial. No se deja amilanar por las actitudes clasistas y machistas de aquellos que se resisten a aprender de una mujer humilde como ella: "Soy Johana Ramírez y vengo a capacitarles", espeta a profesores, abogados y policías. 

Sensibilizar a los hombres la motiva especialmente. Gracias a sus charlas ha logrado que los varones se impliquen en comisiones de seguridad local contra la violencia y que algunos acepten que son agresores y soliciten ayuda psicológica. En su visita al País Vasco, Johana cuenta estrategias que han funcionado en su comunidad, como regalar silbatos para alertar de situaciones de violencia. Su trabajo (agotador y no remunerado) está transformando su entorno y su propia familia. "Mientras que estoy de gira aquí en Europa, mi esposo se ha quedado apoyando a las mujeres", cuenta con una sonrisa triunfal.

La cosmovisión maya como promotora de paz 

Desde Oxfam Intermón apoyamos a organizaciones como AMUTED y Majawil Q'ij que coinciden en capacitar a las autoridades ancestrales (comadronas, curanderas y guías espirituales), dado que son figuras que merecen la confianza y el respeto de las mujeres.

"Lo que hacen las autoridades ancestrales es ver cómo disminuir la violencia desde un consejo, no llegar precisamente a los juzgados porque sabemos que ahí no nos hacen caso", explica la técnica de Majawil Brenda Ramírez, consciente de que la impunidad de la que gozan los agresores (en Guatemala el 98% de la violencia denunciada por mujeres queda sin castigo) es especialmente acusada cuando las víctimas son mujeres indígenas.

Majawil Q'ij explora cómo aplicar la metodología maya del 'soloj' como mecanismo de prevención comunitaria: se trata de contribuir a que la víctima pueda obtener reparación y sanación, a través de un apoyo emocional y espiritual a nivel comunitario. Respecto al agresor, se busca que reconozca públicamente el daño ocasionado. "Que pida disculpas a la mujer frente a toda la comunidad es un acto que nosotros vemos como algo grande. Después las autoridades ancestrales van verificando que no vuelva a ejercer violencia", añade Ramírez. 

Esta organización está implicada también en la defensa del territorio, frente a la amenaza que suponen los megaproyectos extractivistas tanto por su impacto medioambiental como por su falta de reconocimiento a la soberanía de los pueblos que habitan las tierras en las que instalan minas o hidroeléctricas. Además de relacionar la explotación de la madre tierra con la violencia hacia las mujeres, Majawil afirma que las mujeres están viviendo acoso y agresiones por parte de los militares que defienden estos proyectos.

"Nosotras partimos de la historia, donde las mujeres hemos estado excluidas y marginadas, a lo que se suma el racismo y la discriminación que hemos sufrido los pueblos originarios", explica Julia Sum, fundadora de AMUTED. En su trabajo con mujeres en situación de violencia, considera clave "trabajar las emociones y la sanación utilizando los saberes de nuestras ancestras, para poder seguir adelante".

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